
Cuenta la leyenda que dos perturbados motorizados deambulan por la carretera sembrando el caos y el libertinaje allí por donde pasan. Hedonistas profesionales equipados con instrumentos de dominguero, capaces de pervertir las más recta de las conciencias. Si se cruzan en su camino, escondase en el maletero y rece por su vida, porque los enajenados del sidecar no perdonan.